Marioneta griega
Chiqui empezó a ladrarle de forma insistente a un inexistente extraño. Un ratón, salamanquesa, ardilla ó a una musaraña imaginaria, pues los perros también sueñan con ínsulas, potosí y casetas en el aire.
Escuché, miré, agudicé mis toscos sentidos.
Nada.
Empezó a escarbar en el suelo, retirando manojos de hierbas, briznas de barro, cantos rodados, un trocito de un alambre oxidado.
Un hueso, -pensé-, se ha vuelta loca por un hueso.
Cuando paraba, cansada, metía su húmedo hocico negro en la humedecida negra tierra y olisqueaba, luego le ladraba al hoyo abierto y continuaba. Cuando sucedía esto otras veces, la llamaba, venía y nos íbamos, mas esta vez hizo caso omiso y mis intentos en alejarla de allí fueron en vano, de tal manera que si no puedes vencer al enemigo, únete a él, y perro y humano, escarbando, escarbando, encontraron un palito de madera, la tierra estaba blanda, se diría tierra removida, como si hiciera no mucho que alguien había querido enterrar algo allí mismo, - no quisiera alargarme en contarlo tanto como lo hicimos en cavar - , así pues, resumido, aparecieron cuerdas, soga, hilos, pedacitos de madera, que una vez todo limpio dio de resultas una griega marioneta.
Tenía aspecto de un juguete antiquísimo, pero para nada deteriorado, me lo llevaría a casa, sabiendo que allá dirían que no les llevara más trastos, que eran trastos lo que nos sobraban y que lo tirara a la basura. Les dije que lo había encontrado Chiqui y que era suyo, no mío, pero ¿Realmente lo había encontrado mi perro?.
A veces pienso, que fue la marioneta quien nos encontró a nosotros.
En el patio de casa, pertrechado de útiles de cirujano carpintero y arqueólogo paleontólogo, le hice una cura de urgencias, cuerdas destrenzadas, astillas desmadejadas, arena incrustada, una ardua labor de limpieza y puesta a punto, que al finalizar me dejó apreciar la fuerza de aquel títere de madera, de ojos tiernos, de piel de leña cuya destino no sería nunca el fuego de una chimenea, sino su atril, el brocal donde colgar los retratos y recuerdos de tiempos pasados, si, definitivamente, fue ella quien nos encontró. Lucía tan linda, tan articulada, tan manejable, que sentí miedo de ser su dueño, nadie es dueño de nadie, parecía dotada de alma.
Si, era ella quien me había encontrado, y a pesar de ser marioneta, sería quien dirigiría mi vida, de una forma u otra, con sus ganas de vivir, su energía, su filosofía mundana, quien daría alas y movería los hilos de la sinrazón.
En el silencio de la noche, mirando a través de una estrella que ella también contemplaba, una muy brillante, que se dejaba acariciar, que compartíamos, con la que soñábamos en las bellas noches de insomnio de cielo insondable, la reconoceríamos entre todas las demás, entre la inmensidad de puntitos de luz, entre el olor a azahar y el susurro del mar, el lamento de las olas, y el llorar en el silencio de la noche el llorar.
Me acerqué a la muñeca griega, reposaba cansada sobre la mesa, madera sobre madera, mi corazón la oyó gritar por dentro, aullar, mis oídos escucharon un imperceptible lamento, una queja anónima, interna, personal, privada, propia, mis ojos vieron unos invisible agujeros en la madera, tan pequeños, tan pequeños, que el responsable de aquello sería el autor de un crimen perfecto, sin dejar huellas apenas, microscópicos poros horadados en madera que no le importaban a nadie. La carcoma huía de la luz cual Drácula sediento de plasma y buscaba en la oscuridad de la noche, de los recovecos interiores del cuerpo, el maná del hambriento, e iba horadando por dentro, roía las entrañas, barrenaba con explosivos los pasillos de la mina de aquel trocito que un día fue árbol, las secaba, conté una docena de agujeros abiertos por el insecto para escapar, una vez ejecutada su atroz misión de asesino implacable.
Mi marioneta griega sangraba serrín por dentro.
Una hemorragia interna, que la iba consumiendo, lenta, erosiva, sin piedad.
El homicida transgresor de las leyes de la vida no podía quedar indemne.
Yo apreciaba, quería con Mayúsculas, yo QUERIA a aquella marioneta griega que había aparecido en mi vida un día, y que era mi cómplice de juegos, secretos, historias y cuentos. Que me hacía soñar con viajes, con cafés, con pajaritas de papel, con faros, con libros que hablaban de primeros amores, con amores de padres, con enfermedades del olvido, con historias compartidas por causas semejantes, y a pesar de ser tan distintos, ella enérgica, yo tímido, en el fondo ser tan iguales.
La tomé entre mis manos y la apreté en un abrazo, crujieron sus huesos de madera, el palo que sujetaba y hacía mover su brazo derecho se deshizo en harina entre mis dedos.
Maldita carcoma. Malditos insectos.
Ya ni tan siquiera puedo abrazarla.
Venga, va, ya no llores, ó no te contaré más cuentos de estos tristes que empalagan el alma, ¿un chiste?, pero es que mis chistes, son aun todavía peores, que mañana iremos juntos
Mañana buscaré el más potente insecticida, para poder seguir abrazándote sin romperte, fulminaremos a esos diablejos insectos, rellenaremos con alegría, algazara y sonrisas tus oquedades, tus depresiones, que tienes que hacer sonreír a muchos niños y mayores con tus frágiles y delicados movimientos, que mis torpes dedos, escribirán, guiados por los hilos invisibles, no por cuerdas y palitos tangibles, como los tuyos, que me guiarán siempre hacia ti, siempre que tú quieras.
Un beso muy afectivo, de un amigo, marioneta griega.
Escuché, miré, agudicé mis toscos sentidos.
Nada.
Empezó a escarbar en el suelo, retirando manojos de hierbas, briznas de barro, cantos rodados, un trocito de un alambre oxidado.
Un hueso, -pensé-, se ha vuelta loca por un hueso.
Cuando paraba, cansada, metía su húmedo hocico negro en la humedecida negra tierra y olisqueaba, luego le ladraba al hoyo abierto y continuaba. Cuando sucedía esto otras veces, la llamaba, venía y nos íbamos, mas esta vez hizo caso omiso y mis intentos en alejarla de allí fueron en vano, de tal manera que si no puedes vencer al enemigo, únete a él, y perro y humano, escarbando, escarbando, encontraron un palito de madera, la tierra estaba blanda, se diría tierra removida, como si hiciera no mucho que alguien había querido enterrar algo allí mismo, - no quisiera alargarme en contarlo tanto como lo hicimos en cavar - , así pues, resumido, aparecieron cuerdas, soga, hilos, pedacitos de madera, que una vez todo limpio dio de resultas una griega marioneta.
Tenía aspecto de un juguete antiquísimo, pero para nada deteriorado, me lo llevaría a casa, sabiendo que allá dirían que no les llevara más trastos, que eran trastos lo que nos sobraban y que lo tirara a la basura. Les dije que lo había encontrado Chiqui y que era suyo, no mío, pero ¿Realmente lo había encontrado mi perro?.
A veces pienso, que fue la marioneta quien nos encontró a nosotros.
En el patio de casa, pertrechado de útiles de cirujano carpintero y arqueólogo paleontólogo, le hice una cura de urgencias, cuerdas destrenzadas, astillas desmadejadas, arena incrustada, una ardua labor de limpieza y puesta a punto, que al finalizar me dejó apreciar la fuerza de aquel títere de madera, de ojos tiernos, de piel de leña cuya destino no sería nunca el fuego de una chimenea, sino su atril, el brocal donde colgar los retratos y recuerdos de tiempos pasados, si, definitivamente, fue ella quien nos encontró. Lucía tan linda, tan articulada, tan manejable, que sentí miedo de ser su dueño, nadie es dueño de nadie, parecía dotada de alma.
Si, era ella quien me había encontrado, y a pesar de ser marioneta, sería quien dirigiría mi vida, de una forma u otra, con sus ganas de vivir, su energía, su filosofía mundana, quien daría alas y movería los hilos de la sinrazón.
En el silencio de la noche, mirando a través de una estrella que ella también contemplaba, una muy brillante, que se dejaba acariciar, que compartíamos, con la que soñábamos en las bellas noches de insomnio de cielo insondable, la reconoceríamos entre todas las demás, entre la inmensidad de puntitos de luz, entre el olor a azahar y el susurro del mar, el lamento de las olas, y el llorar en el silencio de la noche el llorar.
Me acerqué a la muñeca griega, reposaba cansada sobre la mesa, madera sobre madera, mi corazón la oyó gritar por dentro, aullar, mis oídos escucharon un imperceptible lamento, una queja anónima, interna, personal, privada, propia, mis ojos vieron unos invisible agujeros en la madera, tan pequeños, tan pequeños, que el responsable de aquello sería el autor de un crimen perfecto, sin dejar huellas apenas, microscópicos poros horadados en madera que no le importaban a nadie. La carcoma huía de la luz cual Drácula sediento de plasma y buscaba en la oscuridad de la noche, de los recovecos interiores del cuerpo, el maná del hambriento, e iba horadando por dentro, roía las entrañas, barrenaba con explosivos los pasillos de la mina de aquel trocito que un día fue árbol, las secaba, conté una docena de agujeros abiertos por el insecto para escapar, una vez ejecutada su atroz misión de asesino implacable.
Mi marioneta griega sangraba serrín por dentro.
Una hemorragia interna, que la iba consumiendo, lenta, erosiva, sin piedad.
El homicida transgresor de las leyes de la vida no podía quedar indemne.
Yo apreciaba, quería con Mayúsculas, yo QUERIA a aquella marioneta griega que había aparecido en mi vida un día, y que era mi cómplice de juegos, secretos, historias y cuentos. Que me hacía soñar con viajes, con cafés, con pajaritas de papel, con faros, con libros que hablaban de primeros amores, con amores de padres, con enfermedades del olvido, con historias compartidas por causas semejantes, y a pesar de ser tan distintos, ella enérgica, yo tímido, en el fondo ser tan iguales.
La tomé entre mis manos y la apreté en un abrazo, crujieron sus huesos de madera, el palo que sujetaba y hacía mover su brazo derecho se deshizo en harina entre mis dedos.
Maldita carcoma. Malditos insectos.
Ya ni tan siquiera puedo abrazarla.
Venga, va, ya no llores, ó no te contaré más cuentos de estos tristes que empalagan el alma, ¿un chiste?, pero es que mis chistes, son aun todavía peores, que mañana iremos juntos
Mañana buscaré el más potente insecticida, para poder seguir abrazándote sin romperte, fulminaremos a esos diablejos insectos, rellenaremos con alegría, algazara y sonrisas tus oquedades, tus depresiones, que tienes que hacer sonreír a muchos niños y mayores con tus frágiles y delicados movimientos, que mis torpes dedos, escribirán, guiados por los hilos invisibles, no por cuerdas y palitos tangibles, como los tuyos, que me guiarán siempre hacia ti, siempre que tú quieras.
Un beso muy afectivo, de un amigo, marioneta griega.
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